Corría el 28 de julio de 1936, cuando el dramaturgo y escritor Pedro Muñoz Seca (conocido por su genialidad satírica) fue detenido por los comunistas de la brigada Federación Anarquista Ibérica en Barcelona. En agosto de ese mismo año fue trasladado a una de las «checas» que tenía montada el Frente Popular en Madrid. Allí tras adelgazar más de 25 kilos en dos meses por los maltratos que sufría, fue condenado a muerte por un tribunal popular: «Por fascista, monárquico y enemigo de la República».

Tal día como hoy de 1936, Muñoz Seca era fusilado en Paracuellos de Jarama, pero no antes de dejar un último aporte de su genialidad. Les dijo a los que iban a fusilarlo: «Me lo habéis quitado todo, la familia, la libertad, pero hay algo que no me podéis quitar: el miedo». Tiró el cigarrillo y dijo: «Cuanto antes». Gritó: «¡Viva España y viva el Rey!». Agarró la mano del Padre Llop, y se despidió: «Hasta el cielo, Padre».

Valle-Inclán, muy crítico con sus contemporáneos, dejó escrita esta definición de Muñoz Seca: «Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor, su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro».

Es uno de los miles de cuerpos sin identificar que reposan en la fosa común de Paracuellos asesinados por orden directa del genocida Santiago Carrillo.

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