Corría principios del siglo XIX, cuando en Gran Bretaña surgió un movimiento en contra de las nuevas tecnologías que comenzaban a utilizar los nuevos talleres gracias a la Revolución Industrial.

Los «ludistas» argumentaban que los artesanos que incorporaban maquinaria para trabajar las telas estaban destruyendo empleo y haciendo competencia desleal contra todos aquellos, que lejos de adaptarse a los tiempos, decidieron seguir instalados en la hiperregulación estatal que les otorgaba el monopolio absoluto a los gremios. Saqueaban, quemaban y destruían los talleres que poseían nuevas tecnologías y reclamaban al Estado que prohibiera el uso de las nuevas máquinas.

Hoy, al igual que aquellos trabajadores, los taxistas españoles lejos de reclamar que su sector sea liberalizado, las concesiones no sean otorgadas por la administración, los precios tampoco sean fijados por el burócrata de turno y puedan competir con las nuevas plataformas, han salido a la calle a pedirle al Estado que luche contra lo irremediable y les siga concediendo un monopolio que han disfrutado durante décadas.

Su batalla está perdida. El progreso es imparable.

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