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Cuentan las crónicas del 6 de noviembre de 1661, que nació el hijo y heredero de Felipe IV que reinaría bajo el nombre de Carlos II. Tras la muerte de su padre, el llamado a ser el nuevo Rey del Imperio español apenas contaba con 4 años, por lo que su madre se encargó de la regencia hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1675.

Pronto sus cuidadores se dieron cuenta de que algo no iba bien. La habitual práctica de la endogamia por parte de la Casa de Austria, había provocado que Carlos II sufriera una extraña enfermedad que le impedía, entre otras cosas, poder aprender a leer o escribir. A pesar de ello, Carlos II fue coronado rey y se convirtió en un símbolo de la decadencia de una sociedad española empobrecida, hambrienta, desalentada, rodeada de prostitutas y ladronzuelos.

Las aptitudes de Carlos II eran nulas, pero ahí estaba, al frente del Reino de España. Rodeado de lamebotas, bufones, aduladores y perniciosos religiosos, vivía ajeno a la realidad española. España perdió la guerra que mantenía con Francia y esta suplantaba la hegemonía del Imperio español. Nada de eso le importaba al caprichoso rey, que pasaba sus días recluido en el palacio real buscando una mujer con la que casarse, cazando y maltratando al personal que estaba a su servicio.

En Cataluña se produjo «la revuelta de las Barretines» fruto del descontento por la derrota contra Francia. Los catalanes fueron los que más sufrieron el asedio de las tropas francesas. El monarca, para atajar el descontento, se limitó a otorgar de mayor autonomía a Cataluña y enviar ingentes cantidades de dinero al sector textil y agrario catalán, en detrimento del resto de España. La ira popular fue en aumento, pero Carlos II seguía ensimismado luchando contra su infertilidad.

Ahora, padecemos a un nuevo enfermo en el poder. A diferencia de Carlos II, en esta ocasión sí se puede precisar la perturbación que sufre nuestro gobernante: «trastorno de personalidad narcisista». El pueblo español se ve abocado a resistir las consecuencias de su desmesurada necesidad de atención. Capaz de vender España al mejor postor por seguir pavoneándose por medio mundo, por realizarse fotografías grotescas, por un minuto más de falsa gloria y por acudir a un besamanos, su final será igual de trágico que el de Carlos II.

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