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Cuentan las crónicas del 22 septiembre de 1980, que Saddam Hussein, asustado por las constantes declaraciones del ayatolá Jomeini alentando a los chiíes iraquíes para que se alzaran contra su régimen, decidió invadir sin previo aviso Irán. Los primeros combates sonrieron al ejército iraquí que avanzó sin resistencia, en gran parte, gracias al apoyo de Estados Unidos.

Los iraníes, lejos de amedrentarse, encontraron en la religión un motivo por el que luchar. El chiismo que promulga la fiesta popular del sacrificio, convirtió en refugio de la resistencia la ciudad santa de Qom, donde según la leyenda, los principales líderes religiosos del país forjaron la creación de lo que más adelante el ayatolá Jomeini bautizaría como los basij.

Los basij estaban formados por niños, adolescentes menores de 18 años y hombres mayores de 40. Sin embargo, las mujeres podían formar parte del grupo sin restricción de edad ya que se consideraba que la vida de una mujer no valía lo mismo que la vida de un hombre. Su estrategia principal consistía en ataques suicidas en masa. Desprovistos de cualquier armamento y portando exclusivamente banderas, se lanzaban corriendo a los campos de minas iraquíes para poder sacrificarse por lo que consideraban algo más grande que su propia vida: Alá. Ni siquiera las armas químicas utilizadas por Saddam Hussein fueron capaces de detener a los basij.

Ahora, en España reside uno de ellos. A diferencia de los originales, este no está dispuesto a sacrificar su vida por Alá, pero sí por el poder. La ciudad santa no es Qom, sino Madrid, en concreto La Moncloa y su nombre es Pedro Sánchez. Dispuesto a morir por seguir pavoneándose por medio mundo, por realizarse fotografías grotescas, por un minuto más de gloria en los telediarios y por acudir a un besamanos, no le importa dejar al Reino de España como un país cobarde ante los ojos de Hispanoamérica, unirse con terroristas, secesionistas o chavistas para poder avanzar en un campo repleto de minas, engañar a los más incautos para que se unan a su infame causa y mucho menos le importa acabar con su vida política porque hay algo más grande que él: el poder.

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